Hay franquicias que no pertenecen al cine, sino a la memoria emocional de varias generaciones. Masters of the Universe es una de ellas: un artefacto industrial nacido en los 80 para vender juguetes, que acabó convertido en mitología pop, reciclado en series, cómics y una película de culto involuntario que hoy se mira con una mezcla extraña de cariño y desconcierto.
Y ahora, en 2026, Travis Knight intenta lo casi imposible: devolverle vida cinematográfica sin que todo huela a plástico viejo ni a reunión de marketing. El resultado es una película consciente, vibrante… y en permanente tensión consigo misma.
La historia arranca en Eternia, un mundo fantástico al borde del colapso tras el ataque de Skeletor, interpretado por Jared Leto como si el exceso fuera una forma de método interpretativo. En medio del caos, el príncipe Adam es enviado a la Tierra para proteger la Espada de Poder, único hilo que lo conecta con su origen. Crece como un chico normal, aunque nunca del todo: algo en él sigue perteneciendo a otro universo. Dos décadas después, ese pasado irrumpe de nuevo y lo obliga a convertirse en He-Man, el héroe más poderoso del universo, aunque quizá no el más convencido de serlo.

Para este rol, Nicholas Galitzine es una elección inteligente precisamente porque rompe el molde clásico del personaje. Su Adam no es un bloque de músculo con frase épica incorporada, sino alguien que duda, que se mide, que casi parece pedir perdón antes de cada transformación. En esa fisura está lo más interesante del film: la idea de que la heroicidad ya no puede sostenerse como certidumbre, sino como actuación. A su alrededor, Camila Mendes aporta energía sin convertir a Teela en accesorio, e Idris Elba cumple con esa autoridad tranquila que parece venir incluida en su contrato vitalicio de “figura fiable”.

Entre la espada, el chiste y el vértigo tonal
El gran problema, y también parte del encanto, de la película es su incapacidad para decidir cuánto cree en sí misma. Travis Knight quiere una épica de espada y brujería clásica, pero también quiere el tono juguetón del blockbuster autoconsciente contemporáneo. El resultado es un péndulo constante entre lo solemne y lo paródico, como si la película tuviera miedo de que tomarse en serio a He-Man fuera, en sí mismo, un acto ridículo.
El referente más evidente es Thor: Ragnarok, pero en Masters of the Universe, el humor no fluye con la misma precisión. Se acumula. Interrumpe. A veces devora escenas que pedían aire, silencio o simplemente un segundo de asombro. Hay momentos en los que Eternia parece un mundo épico y otros en los que parece un sketch esperando remate. Esa fricción impide que la emoción termine de asentarse, aunque mantiene el ritmo en constante movimiento.

Y, sin embargo, cuando la película se calla, funciona. Eternia es un estallido visual que entiende su propia artificialidad y la convierte en virtud. Aquí no hay realismo ni pretende haberlo: hay colores, criaturas imposibles, armaduras que desafían la lógica y escenarios que parecen diseñados por alguien que nunca aceptó que crecer implicaba perder imaginación. El Castillo de Grayskull, la Montaña Serpiente o Cringer no buscan modernizarse: buscan sobrevivir como iconos.
Camp, músculo y lectura queer sin subrayado
Uno de los aspectos más sugerentes del film es cómo asume, sin hacer demasiado ruido, la lectura queer que siempre ha orbitado alrededor de la franquicia. He-Man nunca ha sido un héroe “discreto”: su hipermasculinidad es tan exagerada que acaba rozando lo performativo, lo teatral, casi lo camp en sentido puro. Y esta película no lo explica ni lo subraya: lo deja existir.
Eso, por cierto, es más inteligente de lo que parece. Porque Eternia siempre fue, en el fondo, un espacio de exceso: cuerpos imposibles, poses imposibles, dramatización constante del poder y el destino. Knight no lo convierte en discurso, pero tampoco lo esconde, simplemente lo deja respirar. El resultado es que el universo se siente menos avergonzado de sí mismo que muchas adaptaciones contemporáneas de material “infantil”.

Una película con demasiadas ideas para su propio bien
El problema es que esa apertura de lectura no siempre encuentra desarrollo narrativo. La película roza temas interesantes, la identidad como construcción, la masculinidad como performance, la herencia del mito heroico, pero casi nunca se detiene lo suficiente como para profundizar en ninguno. Todo aparece, todo se sugiere, pero casi nada deja sedimento.
Es una película que quiere ser simultáneamente reinvención, homenaje, sátira y blockbuster familiar. Y en ese cruce permanente pierde definición. No llega a la radicalidad de Barbie, que llevaba su premisa hasta el límite conceptual, pero tampoco se queda en el cinismo industrial de tantas franquicias recientes. Se mueve en un territorio intermedio: disfrutable, irregular, a veces estimulante, a veces frustrante.

El poder de no pedir perdón
El tramo final recupera parte de la energía dispersa, ofreciendo un clímax que entiende mejor que el resto de la película qué tipo de objeto es: exagerado, consciente de su artificialidad, orgullosamente excesivo. Es ahí donde Masters of the Universe encuentra su forma más pura.
Y quizá esa sea su mayor virtud. No intenta justificar su existencia ni disfrazarla de algo más serio. No pide perdón por venir de una línea de juguetes. No intenta convertir Eternia en metáfora sofisticada de nada. Simplemente acepta que su materia prima es la imaginación desbordada… y la sostiene hasta el final.
En tiempos en los que tantas franquicias parecen avergonzadas de lo que son, eso ya es casi un gesto de resistencia.
No es una película redonda. Tampoco lo pretende. Pero sí es una que, cuando acierta, recuerda algo básico: que a veces el cine no tiene que ser profundo ni irónico ni trascendente. A veces basta con levantar una espada al cielo y creer, aunque sea durante dos horas, que eso significa algo.